El Xeneize, que puso fin al ciclo de Bianchi y lo reemplazó por un hijo pródigo, se impuso por 3 a 1, en la Bombonera. Correa puso al frente a la visita, pero Cata Díaz, Meli y Chávez lo dieron vuelta.
¿Qué tendrá Arruabarrena? Con apenas 48 horas de trabajo le cambió la mentalidad a un equipo que bajo el mando de Bianchi no daba dos pases seguidos. Con una actitud por momentos arrolladora, fue muy superior a este Vélez que llegaba a la Bombonera invicto y puntero del campeonato.
¿Puede un equipo modificar tanto su rendimiento de un partido a
otro? Es cierto que en el medio se fue un técnico y llegó otro. También
es verdad que hubo variantes de nombres y de esquema. Todo eso
seguramente influye. Pero el notorio cambio de este Boca va más allá del
juego. Es evidente que hubo un click en la cabeza, en lo anímico... Lo
que se vio en el triunfo ante el puntero del campeonato, el que llegaba a
la Bombonera con puntaje ideal, fue otra mentalidad, otra actitud. De
no poder levantar las piernas, de mostrar graves problemas de
concentración y de no dar dos pases seguidos pasó casi sin escalas a un
equipo dinámico, concentrado, prolijo y preciso. ¿Arruabarrena lo hizo?
Desde
el primer minuto se vio a otro Boca. El equipo que en apenas 48 horas
debió preparar el Vasco mostró algunas virtudes que no había exhibido en
el tramo final (bah, no tan en el tramo final en realidad) del ciclo
Bianchi: intensidad para recuperar la pelota, prolijidad para el
traslado, concentración para presionar en bloque y más arriba, orden
atrás... Suficientes cambios para mostrarse como un equipo diferente y
para adueñarse del partido. Vélez, en cambio, no salió a proponer sino a
esperar. El puntero del campeonato dejó que el local mostrara sus
cartas. Y esa actitud casi le cuesta caro porque sufrió los embates de
Boca, especialmente en los primeros minutos en los que Sosa debió
revolcarse un par de veces.
Esas buenas
intenciones del local chocaron con un déficit propio más que un mérito
ajeno: con Calleri solo en el ataque, a Boca le faltó profundidad y
explosión de tres cuartos hacia adelante. El aprovechamiento de las
bandas, otra idea del plan pensado por Arruabarrena, fue parcial.
Carrizo concretó menos de lo que amagó por la derecha y las buenas
subidas de Colazo (jugó de lateral) por la izquierda fueron aisladas.
Dio la impresión, en esos 45 minutos iniciales, de que al planteo le
estaba faltando otro delantero.
Sin embargo, la
lavada de cara le alcanzaba para dominar y no pasar sobresaltos. Hasta
que a Correa le dejaron dos metros de ventaja en una jugada aislada. El
juvenil de Vélez, parado como volante ofensivo sobre el sector
izquierdo, recibió una pelota que recuperó su equipo y, después de
avanzar unos pocos pasos, sacó un furibundo zurdazo cruzado desde afuera
del área que rompió el arco pese al guantazo de Orion. No era justo por
el trámite y por ser el mejor rato de Boca en el campeonato, pero los
golazos no entienden de justificaciones ni merecimientos.
Esa
supremacía futbolística y territorial, explicada en la posición de
Erbes y principalmente de Gago, tendría su premio en la segunda parte.
Creció Carrizo, que fue como carrilero por la izquierda -su puesto
natural- y ahí tuvo mayor participación, apareció más seguido Acosta y
se hizo eje Gago. Un frentazo del Cata Díaz, libre de marcas a la salida
de un corner, y un derechazo de Meli, gracias al regalito de Sosa,
pusieron las cosas en su lugar. Luego, con Vélez más jugado en ataque
buscando el empate, Chávez lo liquidó de contra.
Boca tuvo algunas virtudes que se explican más desde la cabeza que desde los pies. Parece que el Vasco da ganas.
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