Si en los partidos anteriores, la gente había ido en mayor o menor
medida a festejar a Luro y Mitre, con el
foto de DENISE TOTARO DIRECTORA DE SIN ANESTESIA
Argentina dio un paso más hacia su tercera estrella y a la gente poco le importó la fría tarde y la lluvia que ya, con menos intensidad, azotaba a Mar del Plata. Apenas el italiano Nicola Rizzoli pitó el final, todos salieron a la calle y enfilaron hacia Luro y Mitre, epicentro de todos los festejos en la ciudad. Una multitud tiñó el Monumento a San Martín de celeste y blanco, celebró volver a estar entre los cuatro mejores del Mundial de Brasil 2014 y alimentaron la ilusión de ir por más. Brasil e Inglaterra, fueron los principales destinatarios de los cantos.
Pocas cosas generan más emoción que ver a un padre con su hijo, emocionados, cantando por Argentina. O un grupo de chicos
futboleros que quizá por primera vez viven un Mundial de esta manera. O
por qué no, de amigas, que probablemente poca importancia le den al
fútbol durante el año, pero se pintan de celeste y blanco, conocen a los
jugadores y son tan hinchas como el resto. También la gente grande, que
pasó muchas malas en las últimas ediciones cuando se llegaba como
candidatos y no sabían si iban a poder volver a ver a Argentina en lo
más alto del fútbol mundial, como en el ’78, ’86 (ambos campeones) y el
’90 (finalista).
De ahí en más, todas fueron pálidas. Entonces, cada partido es una ilusión. Y más si
la “10” la tiene un tal Lionel Messi, lo más parecido a Diego Maradona
que podría haber surgido y que por suerte también es nuestro. Y
la gente sale a festejar todos los partidos. A nadie le importa si el
rival fue Bosnia, Irán, Nigeria o Suiza. Tampoco que Bélgica llegaba
como revelación y el equipo de Sabella supo neutralizar sus principales
virtudes.
Caras pintadas de celeste y blanco. Mil y una camisetas,
de diferentes épocas, puestas encima de los camperones que refugiaban
un poco del frío y de la lluvia que de a ratos volvía a amenazar en Mar
del Plata. Con cornetas, bandera y vinchas. Con vendedores que salían por debajo de las piedras vendiendo cualquier cosa con los colores nacionales
y aprovechando la ocasión para “subir” un poquito los precios y tener
mayor ganancia, ante la desesperación de los clientes por tener algo que
los identifique. Porque todos sabemos que somos argentinos, pero todos
queríamos tener algo con los colores. Y los vendedores fueron los que
salieron ganando.
Después las canciones, las de siempre. “Brasil decime que se siente…” es la que está de moda y la que más suena. Pero tampoco faltan las históricas “vamos vamos argentina, vamos vamos a ganar, que esta banda quilombera, no te deja no te deja de alentar” y “volveremo’ a ser campeone’ como en el ‘86”. Las dedicatorias eran claras y tenían dos destinatarios: “tomala vos, dámela mí, el que no salta es de Brasil” y “brasilero brasilero, que amargado se te ve, Maradona es el más grande, es más grande que Pelé”, eran para el organizador del Mundial. “Y ya lo ve, y ya lo ve, el que no salta es un inglés”, es el clásico grito de guerra que excede lo futbolístico.
Y de a poco la gente empezó a irse. Porque jugaban Holanda-Costa Rica,
y había que mirarlo. Por más que después del 13 de julio no vuelvan a
mirar un partido por cuatro años, muchos se iban rápido para ver quién
será el rival de los dirigidos por Alejandro Sabella el
miércoles a las 17. El papá se fue sonriente con su hijo a caballito,
los amigos se cargaban y decían “yo te dije que Demichelis podía ordenar
la defensa”, las chicas lamentaban que el “Pocho” Lavezzi no se sacó la
camiseta cuando el técnico lo cambió, y los viejos, nuestros viejos, se
iban contentos, porque ese sueño de volver a ver Argentina campeón del
mundo, está cada vez más cerca.




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