La siempre tentadora Buenos Aires, Río de Janeiro de alma hedonista
y, entremedio, las cataratas hechiceras de Iguazú y algunas de las
mejores playas de la costa atlántica, como las de Paraty. Tal vez sería
Buenos Aires se saborea como la primera dosis de este concentrado sudamericano. En parte porque la ciudad mantiene viva esa vocación de imaginarse con un pie en Europa y otro en América. La capital argentina evoca la grandeza monumental europea en el Teatro Colón y en el mastodóntico Palacio del Congreso Nacional, ambos de estilo ecléctico.
Que uno de los edificios más emblemáticos de Buenos Aires sea un teatro de ópera no es casualidad. Que la librería más bella de Argentina, El Ateneo, esté ubicada en la platea y los palcos de un antiguo teatro, tampoco. Y que la principal atracción de una ciudad ajardinada y de placeres mundanos sea uno de los cementerios más majestuosos del mundo, el de Recoleta, mucho menos. Las cosas casi nunca son lo que parecen en la ciudad de Buenos Aires. No en vano la catedral metropolitana, templo católico, es famosa por acoger la tumba de un líder civil, el héroe de la independencia, el general José de San Martín (1778-1850). Buenos Aires también invita al paseo distraído sin más pretensión que sumergirse en las conversaciones de bar del casco viejo de San Telmo, descubrir el tango gallardo y canalla de La Boca, o rendirse a una de las gastronomías más suculentas en el barrio marítimo de Puerto Madero.




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